Bien, dado que empieza a hastiarme harto reflexionar sobre el Asunto, voy a resumir mi postura con un par de breves apuntes, a los que me remitiré en un futuro siempre que requieran mi opinión, antes de irme a la playa.
Una soleada mañana de primavera, un diputado afirma que A., mi A., acarrea una pulsión violenta; ese honorable diputado, en sede parlamentaria, dice que A., mi A., ese espléndido ser humano, esa maravillosa persona, ¡esa ciudadana!, resuelve esa pulsión interna con su amor a la tauromaquia; dicho personaje honorabilísimo, representante del pueblo —¡del pueblo!—, culpa a A., mi A., nuestra A. —bien es cierto que recogiendo las tesis de los mosterines, no por una reflexión propia—, de sofocar esa querencia de violencia y sangre con una especie de sucedáneo, y que sin él, A., mi A., nuestra A., la tierna, reflexiva e inteligente A. —¡la Maureen O’Hara del Sobrarbe!, ¡la Palas Atenea del Cinca!—, sería capaz de llegar a maltratar físicamente a sus seres queridos, a su propio hijo, y hasta a la portera de la finca, si se lo propusiera.
Ahora bien, antes de condenarlo como un tipejo indigno, cabe recordar que ese diputado representa a ERC; y ERC, como demuestra su digna trayectoria histórica, es, sin duda, un partido político honrado.
Una mañana cualquiera en la radio, hace un par o tres de años, un ex alto cargo público de la Tuya afirma que José, mi José, no es más que un chorizo por haber nacido al otro lado del Duero —verbigracia, español—; ese ex alto cargo, que cobró —¡legalmente!— más de 300.000 euros de finiquito cuando fue cesado al subir al poder otra facción política, dice que José, mi José, no podrá redimirse nunca de ese pecado original —¡ah, la religión!—, que por más que haya gastado cuarenta años de su vida trabajando duro doce horas al día de lunes a viernes, más otras cuatro un sábado al mes, para sacar adelante su familia, nunca dejará de ser, en el fondo, un ladrón; ese ex alto cargo público, que pasó poco después a desempeñar otro ex alto cargo, esta vez privado, del cual salió, tras poco más de un año de ejercerlo, con un finiquito que, según las diversas opiniones, oscila entre 500.000 y 800.000 euros —¡otra vez legalmente!, ¡de una legalidad purísima, prístina, inocente!—, cree sinceramente que José, mi José, que pasó media vida entre correas de caucho y sol en la espalda, y que de ello el único regalo que extrajo fue una plaquita por los veinticinco años en la empresa; que ni siquiera tuvo el empeño de descansar durante los domingos —cuatro años entre la compra de la parcela y la conclusión de la casa, con su porche, y sus dos cisternitas para recoger el agua de lluvia con que regar los cuatro melocotoneros y las macetas de flores del pequeño huerto, y el cobertizo sobre el rincón en que guardaba el coche (entre sombras blanquinegras vislumbro un enorme tocón de olivo, surcos y sudor una mañana entera, el azadón que civiliza lo inculto convirtiéndolo en plano de catastro); diez años más, quinientos domingos sin tregua, pues para el humilde siempre quedan cosas que modificar, que arreglar, que levantar—, ese honorable prohombre, como digo, cree sinceramente que José, mi José, ha estado robándole todos estos años, como todos los de su estirpe (la de José); ese señor, cuya labor más destacable fue la de espiar a sus propios compañeros de junta directiva, se atreve a decir —¡a los cuatro vientos, a las cuatro ondas hertzianas!— que José, mi José, en otro tiempo, estuvo crucificado a la siniestra del Señor.
Ahora bien, antes de condenarlo como un tipejo indigno, cabe recordar que representó a la Tuya y al ejército desarmado de Cataluña; y tanto la una como el otro son, sin duda, entidades honradas.
Bien, todo esto sería intrascendente, más aún cuando, seamos correctos, ni el uno ni el otro van a ser galardonados con el Premio al Ciudadano del Año —por desconocimiento público de los esforzados votantes digitales que lo conceden, en el primer caso; y precisamente por lo contrario, en el segundo caso—, pero es que hay un aspecto; hay un aspecto. Y es que estos dos tipos podrán descender en la escala social, y mucho, pero nunca llegarán a la condición de apestado, porque son, sin duda, en el fondo, y ejercen de ello, honorables patriotas.
Unos hablan de degradación ética o moral; otros de desierto, de páramo cultural; otros de… en fin, a mí lo que me parece es que este es un país intelectualmente desolado. A la playa.
CXVII
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Un día escribí esto: “De mi vida lo que puedo contar es bueno, por eso la
escribo poco. Hace un año comencé a publicar mis diarios pletórico de
tristeza, c...
Hace 6 horas

Sin embozos, la lectura de estos párrafos me ha emocionado. Gracias. Algo lejos del mundanal ruido, después de la rabia y la desazón que me invadieron la semana pasada, me siento más serena, pero la distancia -ahora ya voluntaria- no creo que se acorte. Por otra parte, estoy a punto de volar hacia Helsinki, un viaje casi irreal. Hablamos a la vuelta. Un beso, A.
ResponderSuprimirLástima no conocerte. Ya nunca.
ResponderSuprimirNi hablar.
ResponderSuprimir¿Cómo que ni hablar?
ResponderSuprimirQue estas afirmaciones melodramáticas tienen demasiado prestigio.
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